lunes, 30 de septiembre de 2013
El Callejero
Chaqueta en mano, lentes de Meiggs, la barba de dos días (o de una Schick doble hoja) y el perfume pirata que emula al agua brava y se combina con su bravo sudor. Desde mi asiento distingo ese olorcito típico a doragua. Olores. Su chaqueta se abre y su manga descubre la llave de entrada a la micro; luz roja o verde: qué más da; el plástico ya lo tiene adentro. Se ve obligado a rayar más de alguna pintura para obtener un puesto que le permita entretener la vista: Una ventana, un marco que muestra una película en movimiento, de la cual él se ajena para dar un momentáneo salto entre un punto y otro del filme. Sí, es parte de la película, mas también es conciente de que puede acceder a la micro como si fuese un control remoto. Ese es su espacio; allí mismo existe. La escatología de su ignorado ser se expresa al salirse de aquella película, contemplándola y, si él gusta, modificar su vuelta; postergarla, pues ya se ha trazado en la mente su camino. Sabe que no importa cuántos desvíos tome o cuánto tiempo se detenga en los vicios del camino. Sabe que, con pensarlo simplemente, ya llegará, y solo basta que él lo quiera así. No le importa cómo va el IPSA, el Euro ni siquiera quién es quién en el conflicto egipcio. No vive de logaritmos, células ni alófonos, menos del torque. A él le basta saber que el hielo es lo mejor para una piscola y lo peor para la pilsen. A él le interesa llegar a casa; a él le interesa tener plata pa'paliar la olla, el techo y el agua y que le sobre para autocomplacerse por cumplir con el deber que le tocó, pues sabe bien que nadie más que él mismo lo puede idolatrar. Se lo merece por tanto partirse el lomo. Ante el tormento de la vida y la imposibilidad de explicárselo, lo más sencillo y efectivo es entregarse a las voluptuosidades; a dilatar sus sentidos para que recapten más de la cuenta, a fin de que aquella embriaguez perdure un poquito más que el momento. Volver. Reiniciar. Co-menzar de nuevo. La añoranza de ese oasis urbano en donde es rey, amo y señor lo mueve para que él mueva sus hilos y deje que todo calce para que, así, su vuelta al no-espacio sea imperceptible. Titiritero. Acabad ya con el tiempo, se lanza al vacío del no-lugar, del ocio... del momento.
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