viernes, 9 de noviembre de 2012
Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate
"[...] Pero el padre de los dioses había guardado en el cofre todavía otro obsequio. A diferencia de los demás monstruosos fantasmas que habían salido de él, este último era hermoso y diminuto: un pajarillo que se sacudió ligeramente, tornó un par de veces la graciosa cabecita, esponjó su delicado plumaje verde y agitó sus alas, presto a volar: Era la Esperanza.
¿Por qué Zeus querría obsequiar a los hombres la Esperanza? ¿Una gota de piedad, tras la ferocidad del golpe que le había asestado a la humanidad? Es posible. El rey de los dioses podía ser también compasivo. Mas, si era compasión, ¿por qué ordenar a Pandora que la mantuviera encerrada? Y si no lo era, ¿para qué incluirla en la caja entre tantos males?
Sin duda, el peor de todos los males que El Tonante derramó sobre los hombres fue, precisamente, la Esperanza. Porque ella es la que, en medio de los peores desastres, mantiene a los hombres ilusionados. Es la que, cuando nos agobian las más amargas angustias, les hace creer que estas, de algún modo, tendrán fin, y entonces llegarán la calma y el contento recuperados, y renueva esa ilusión ante cada afán que sobreviene. "Estamos desde nuestro origen contaminados por la Esperanza", se lamentaba Cioran".
(Francisco José Folch, Sobre Símbolos. Adaptación)
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